“El porvenir de un hombre no está en las estrellas, sino en el dominio de sí mismo” (William Shakespeare)

El dominio propio es una de las virtudes cardinales que nos ayuda a regular nuestras emociones, a manejar nuestra inteligencia emocional y a templar nuestro carácter. Ella le otorga finura a nuestros afectos, da firmeza a la personalidad y nos prepara para saber esperar contra toda esperanza. Del mismo modo, nos forma para saber conservar la paz, aún en medio del barullo y da sabiduría para soportar situaciones adversas, en un entorno donde pululan las almas irascibles y ofuscadas que no entienden razones más allá de sus propios argumentos.

También, aromatiza nuestro corazón del nardo purísimo de celestial perfume, como lo afirma la Virgen María en uno de sus mensajes. Por añadidura, nos permite conservar la quietud de espíritu en medio de un mundo que está bombardeado por una infinidad de información, la cual no logramos discernir.

Asimismo, el domino personal nos da sabiduría para manejar situaciones en las que la prudencia y la discreción deben ser nuestras sabias consejeras, sobre todo, cuando el rumor se convierte en verdad y los chismes en certezas. Esta virtud denominada también como templanza, es señal de la presencia de Dios en nosotros.

El dominio sobre sí mismo es la síntesis de la templanza, la cual conduce a evitar todo tipo de excesos, como el abuso de la comida, del tabaco y del alcohol. Además, es  la fuerza y el poder  para controlar nuestras emociones;  es como el artesano que va tallando la obra de arte hasta hacerla perfecta.

San Pablo equipara esta virtud a la disciplina a la que se someten los deportistas para imponerse en una justa deportiva. Pero el dominio de sí mismo también está asociado a la rectitud de corazón y a la fidelidad, porque exige honestidad,  ya que si el atleta se esfuerza en el entrenamiento sólo cuando el preparador físico está presente; nunca logrará el deseado triunfo, o si el conductor obedece las señales de tránsito cuando el policía lo vigila; deja de practicar  el dominio propio, o si el obrero trabaja menos cuando quien lo supervisa está ausente; carece de autodisciplina, a la vez que falta a la honestidad.

En resumen, el dominio personal nos debe conducir a disciplinarnos en los hábitos alimenticios, a dominar las tendencias soberbias y egocéntricas, a controlar los ánimos impetuosos, a regular nuestra lengua ante la tentación de comentarios destructivos, a posponer nuestros pequeños deseos; en favor de metas superiores que ameritan mayor espera. Por añadidura, el dominio personal no es trabajo de un día sino de toda la vida, hasta llegar al momento en el que nos gobernemos a nosotros mismos, bajo la dirección del Espíritu Santo y logremos ser amos y señores de nuestras emociones.

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