Una historia escrita por el padre Lucas Prado dice lo siguiente: Volvió un hombre de la guerra con gran alegría de su mujer. Pero no era ya el mismo. Se pasaba el día sentado, la mirada perdida, brusco, sin sonreír, sin contar nada. La esposa buscó al brujo del poblado. Le expuso el caso y pidió algo que curase a su marido. El brujo le dijo: —Sí, lo haré, pero necesito un pelo del bigote de un león.

Ella regresó asustada a casa, pero decidió salir en busca del terrible animal. Cuando lo encontró quedó paralizada del miedo, pero el león huyó. Ella salía a la selva cada atardecer, siempre esperaba inmóvil pero cada día se aproximaba algo más. Hasta que por fin, acostumbrado el animal, se acercó y ella le dio un poco de leche. Así una y otra vez, con diferentes “regalos”.

Un día se aventuró a tocarle y el animal no huyó, ronroneando de placer por la caricia. —Necesito algo de ti pero no deseo hacerte daño —le susurró la mujer al león, cuando ya resultaba cercano y amigo. Le tomó suavemente por la cabeza y le arrancó un pelo del bigote con gran decisión. El león ni se movió. — ¡Gracias! —dijo ella.

Al día siguiente llegó feliz a casa del brujo. Este al ver el pelo y oír lo sucedido, pareció reflexionar pero arrojó el pelo al fuego. La mujer gritó asombrada: — ¿Qué haces? Y el brujo riendo añadió: —No necesitas ninguna medicina para curar a tu marido. Haz con él lo que has hecho con el león”.

A propósito de este bello cuento, podemos concluir que el amor es la mejor terapia para el alma, porque cicatriza todas nuestras heridas, sana nuestras llagas y limpia los sentimientos negativos que se anidan en el fondo de nuestro ser. El amor atrapa, expulsa el temor y llena de fragancias exquisitas nuestra alma.